Hoy no ha sido un día especial. Ha sido largo, de esos que te dejan la cabeza llena y el cuerpo un poco en automático. Pero esta noche he hecho algo distinto: he decidido parar.
He entrado en un local pequeño, acogedor, con esa luz cálida que invita a bajar el ritmo. Me he sentado sola. Y no, no me ha incomodado en absoluto.
De hecho, he venido antes que mis amigos a propósito.
Necesitaba este rato.
He pedido una ensalada, algo sencillo. Y la he comido despacio. Sin móvil. Sin mirar la hora. Sin esa sensación de ir siempre a la siguiente cosa.
Estaba sola, sí. Pero no me sentía sola.
Estaba a gusto.
Conmigo.
Y eso no pasa tantas veces como debería.
En un rato llegarán ellos. Sé que nos reiremos, que pediremos algo de beber y que de fondo sonará David Bowie. Será otro tipo de momento, más compartido, más vivo.
Pero este rato… este es distinto.
Porque no estoy esperando a nadie.
Estoy eligiendo estar aquí.
Y, la verdad, me gusta mucho más de lo que pensaba.

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