No arregla problemas: los hace desaparecer del Excel.
Las listas de espera no se reducen, se evaporan. Y luego, claro, llegan los aplausos por la “mejora de resultados”.
La experiencia importa poco.
Aquí lo realmente útil es saber en qué despacho entrar, cuándo asentir y a qué chiste conviene reírle la gracia.
Las reuniones tampoco son para debatir.
Son una representación. La decisión ya viene tomada de casa; lo único que se espera del resto es una sincronización razonable de cabezas.
Y después está el silencio.
Ese pacto no escrito de gente que sabe perfectamente lo que pasa, pero que ha aprendido que, en ciertos sitios, sobrevivir pesa más que decir algo.
Lo más inquietante no es el desastre.
Es la cantidad de gente dispuesta a fingir que no lo ve.

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