Dejo la taza en la mesa,
aún guarda un resto de mañana.
El vapor se deshilacha,
como si también buscara quedarse.
Y en el borde se acomoda
una quietud que ya conozco.
Soy esa taza tibia,
enfriándose sin prisa.
La soledad me toma entre sus manos
y aprende mi temperatura.
Hay una silla en la esquina,
guardando la pausa de mis pasos.
Se queda quieta conmigo,
como si entendiera este descanso lento.
A veces creo que el silencio
sabe más de mí que yo misma.
Me sostiene como la silla,
me contiene como la taza,
y aun así me deja ser.
Y cuando la casa se aquieta,
me quedo dentro de mí sin miedo.
La taza, la silla y el silencio
hacen sitio a mi nombre.
