Me senté en un banco del Paseo Marítimo de Palma con una misión muy sencilla: tomar el sol y no hacer absolutamente nada. El mar delante, la luz buena de invierno, esa sensación rara de calma que a veces todavía se puede encontrar en una ciudad.
Duró poco.
A los dos minutos se sentó alguien a mi lado con la música del móvil en alto. Ni auriculares ni intención de usarlos. Primera canción: de esas que te hacen pensar que la humanidad ha tomado decisiones musicales cuestionables. Y por si la experiencia no era suficientemente completa, empezó a cantarla.
Cantar es una palabra generosa. Digamos que interpretarla con entusiasmo sería más exacto.
Estaba a punto de levantarme y emigrar a otro banco cuando ocurrió algo inesperado. Cambió la canción y empezó Noches de Bohemia, de Navajita Plateá. Y claro… ahí la cosa cambió.
Seguía cantando regular. Bastante regular, de hecho. Pero lo hacía con una convicción admirable, como si estuviera cerrando el concierto en un teatro lleno. Y entre el sol, el mar y esa rumba noventera flotando por el aire, el momento pasó de ser una invasión acústica a algo casi… pintoresco.
No diré que disfruté de la voz. Sería exagerar.
Pero reconozco que el entusiasmo tenía su gracia.
Al final pensé que el problema no era la música, ni siquiera la desafinación. El verdadero fenómeno urbano es esa gente que vive en su propia banda sonora y asume que el resto del mundo no tendrá inconveniente en escucharla.
A veces molesta.
Y otras veces —como hoy— simplemente se convierte en una pequeña escena absurda de tarde mediterránea.
Sol, mar… y karaoke involuntario. 🎤🌞
