Son las ocho de la mañana en algún rincón del Mediterráneo.
Hay kilómetros de playa vacía. Kilómetros. De ese vacío casi ofensivo que solo existe antes de que lleguen las sombrillas, los niños con cubos y los adultos que miran el móvil frente al mar.
Solo yo, las olas y la sensación de haber hecho algo muy bien en la vida.
He puesto la alarma a las siete. Algo tendré que sacar a cambio.


