Todo empezó de la forma más aburrida posible: una cama de madera, desmontada, sin ninguna historia detrás. Ni manchas sospechosas, ni "la compré en un mercadillo mágico". Nada. Treinta euros y para casa.
La publiqué pensando que tardaría semanas en venderse, como todo lo demás que subo a estas apps y que parece dar más pereza comprar que fabricar desde cero.
Pero no. Apareció un comprador. Y no un comprador cualquiera: un comprador con más ilusión por mi cama que la que tuve yo el día que la monté. Sin preguntar el estado, sin pedir fotos extra, sin regatear. Solo entusiasmo puro, directo a la yugular.


