A los 59 años he descubierto dos cosas importantes: que sigo coloreando fuera de las líneas y que el mundo no se acaba por ello.
Todo empezó porque necesitaba dejar de pensar.
Tenía demasiado ruido en la cabeza. No un ruido concreto, sino ese que se queda dando vueltas cuando termina el día y una parte de ti sigue repasando conversaciones, imaginando respuestas y solucionando problemas que, por desgracia, no parecen dispuestos a solucionarse solos.