A los 59 años he descubierto dos cosas importantes: que sigo coloreando fuera de las líneas y que el mundo no se acaba por ello.
Todo empezó porque necesitaba dejar de pensar.
Tenía demasiado ruido en la cabeza. No un ruido concreto, sino ese que se queda dando vueltas cuando termina el día y una parte de ti sigue repasando conversaciones, imaginando respuestas y solucionando problemas que, por desgracia, no parecen dispuestos a solucionarse solos.
Así que cogí unos lápices y un libro para colorear.
Uno infantil.
Con Jessie y Perdigón.
Durante los primeros minutos sentí algo de vergüenza. Y estaba sola, que ya tiene mérito. No sé quién imaginaba que podía entrar de repente y sorprenderme, pero la escena resultaba comprometida: una mujer adulta coloreando un libro infantil y, para colmo, haciéndolo regular.
Porque no solo estaba coloreando como una niña. Estaba coloreando como una niña que todavía no controla demasiado bien los lápices.
Intenté respetar las líneas, combinar los colores y conseguir que el resultado tuviera cierta dignidad. Al parecer, incluso para relajarme necesitaba hacerlo correctamente.
Muy adulto todo.
Hasta que el lápiz se salió.
Después volvió a salirse.
Y en algún momento decidí que daba igual.
Jessie iba a sobrevivir con la camisa un poco desigual. Perdigón no iba a presentar una reclamación porque su pelaje tuviera zonas sospechosamente grises. Nadie me iba a poner una nota ni a evaluar mi técnica.
Entonces dejé de pensar.
No ocurrió al escoger los colores ni al empezar a rellenar el dibujo. Ocurrió cuando acepté que no tenía que quedar perfecto. Cuando dejé de corregirme. Cuando decidí que salirme de las líneas no convertía aquella media hora en un fracaso.
Y allí apareció una niña que conocía bien.
Era tímida y se sentaba sola en un rincón a colorear. No porque disfrutara especialmente de la soledad, sino porque era su manera de esconderse del ruido de los demás.
Durante mucho tiempo habría querido decirle que no pasaba nada por necesitar silencio. Que no tenía que hacerlo todo bien. Que algún día dejaría de importarle tanto lo que pensaran de ella.
Pero, siendo sincera, lo que hoy me sale decirle es otra cosa:
Plántales cara.
No te escondas siempre.
No permitas que el rincón sea el único sitio donde te sientes segura.
Aunque tampoco quiero quitarle aquel refugio. Quizá esos ratos a solas, con sus lápices y sus dibujos, fueron la manera que encontró de cuidarse cuando todavía no sabía poner límites ni decir en voz alta que algo le molestaba.
Décadas después, he vuelto a hacer lo mismo.
Solo que esta vez no quiero llamarlo esconderme.
Esta vez he elegido apartarme durante un rato.
He dejado de hacer planes, de buscar soluciones y de intentar aprovechar el tiempo. He hecho algo sin finalidad, sin productividad y sin ninguna utilidad evidente. Algo casi revolucionario en una vida adulta donde hasta descansar parece necesitar una justificación.
Y funcionó.
Cuando terminé, me sentía más ligera y relajada. Si me hubiese tumbado, probablemente me habría dormido. Sin técnicas complicadas, sin una rutina de bienestar de doce pasos y sin convertir el descanso en otra tarea pendiente.
Solo necesité unos lápices, un dibujo infantil y permiso para hacerlo mal.
Quizá nunca seamos demasiado mayores para volver a ser niños.
O quizá no se trate de volver.
Quizá se trate de recordar que hubo un tiempo en el que hacíamos cosas simplemente porque nos apetecían. Sin objetivos, sin resultados y sin preguntarnos si alguien las consideraría ridículas.
La próxima vez que necesite silencio, tal vez vuelva a colorear.
Y si alguien me pilla, tendrá dos opciones: reírse o sentarse a mi lado.
Eso sí, que traiga sus propios lápices.

No hay comentarios:
Publicar un comentario