Amanece en la playa. El mar está casi quieto y las olas llegan despacio, con ese rumor suave que hace que el tiempo parezca ir más lento. Mi sombra se alarga sobre la arena hasta casi tocar el agua. A esta hora, hasta las gaviotas guardan silencio.
No hay nadie más. Solo la luz baja, dorada, y esa calma que existe antes de que el día empiece de verdad. Camino descalza, sin prisa. Y pienso que hay soledades que no pesan. Al contrario: dejan espacio. No te piden nada. Solo que estés.

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