Son las ocho de la mañana en algún rincón del Mediterráneo.
Hay kilómetros de playa vacía. Kilómetros. De ese vacío casi ofensivo que solo existe antes de que lleguen las sombrillas, los niños con cubos y los adultos que miran el móvil frente al mar.
Solo yo, las olas y la sensación de haber hecho algo muy bien en la vida.
He puesto la alarma a las siete. Algo tendré que sacar a cambio.
Cierro los ojos. Respiro. Intento parecerme, aunque sea durante tres minutos, a una persona que ha encontrado la paz interior.
Y entonces llega alguien.
No sé de dónde sale.
Pero se sienta a medio metro de mí.
A medio metro.
En una playa prácticamente vacía.
Hay decisiones que no son ilegales y, sin embargo, deberían obligarte a dar explicaciones.
Porque si tienes siete kilómetros de arena disponibles y eliges exactamente el trozo que linda con mi toalla, no estás improvisando. Has tomado una decisión.
Me quedo quieta.
Por educación.
Y porque todavía no existe una forma elegante de decir: «Disculpe, ¿ha visto usted el resto del Mediterráneo?»
Entonces empieza a hablarme.
Sin saludo previo, casi sin transición.
Me invita a bañarme.
—No tengas miedo al agua.
No tengo miedo al agua.
Pero ya estoy demasiado ocupada intentando entender la situación como para añadir ese dato.
Me cuenta que después hará un poco de yoga. Que está algo acatarrada. Y me pregunta si será recomendable bañarse.
Perfecto.
Ya no soy solo la única persona disponible en siete kilómetros de costa.
También soy consulta médica.
Le digo que a mí el mar siempre me sienta bien.
Parece conforme con el diagnóstico.
Y entonces me pide un vaso.
La miro.
Un vaso.
Mi cara, por lo visto, pregunta sola, porque enseguida aclara:
—Para quitarme la arena.
Claro.
Un vaso.
Para la arena.
Todo encaja.
Y se va.
Sin despedirse.
Sin transición.
Sin esa pequeña cortesía de reconocer que acabamos de compartir una conversación absurdamente íntima para dos personas que no saben ni cómo se llaman.
Se levanta y desaparece playa arriba.
Yo me quedo mirando el mar otra vez.
Y pienso que quizá no había elegido mal.
Quizá, entre siete kilómetros de playa vacía, eligió exactamente lo que necesitaba.
Una persona.
Cualquiera.
Durante diez minutos.
Porque estar solo y querer estar solo no son exactamente la misma cosa.
Yo quería silencio.
Ella, al parecer, quería compañía, consejo sobre baños con catarro y un vaso.
Cada uno va al Mediterráneo por sus motivos.

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