jueves, 17 de septiembre de 2026

Parte meteorológico

 Este año, mi balcón estrenó mobiliario: dos sillas de madera de acacia que compré con la firme intención de «desayunar ahí todas las mañanas de sol», promesa que, para mi sorpresa, sí cumplí este verano. Ahí desayuné, dibujé con más entusiasmo que talento y hasta me propuse aprender a distinguir el canto de los pájaros, proyecto que quedó más o menos en «ese de ahí hace ruido bonito». Todo muy idílico. Hasta hoy



Los cojines —grises, elegidos porque «quedaban sobrios y elegantes»— están ahora en fase de esponja de mar. Si los aprieto, lloran más que yo un lunes cualquiera. Sospecho que no recuperarán su forma original; se han rendido, como yo cada enero cuando prometo hacer deporte.

Mis plantas, en cambio, están eufóricas. Llevaba dos semanas regándolas «cuando me acordaba», que es una forma fina de decir «casi nunca», y hoy el cielo ha decidido hacer mi trabajo por mí, con una generosidad que raya en el reproche. Casi las oigo: «Ah, mira, alguien se ha acordado de que existimos, ¿no, Cata?».

Tiene su gracia ver cómo la naturaleza corrige mis descuidos domésticos sin que yo mueva un dedo. El balcón, que en julio era mi pequeño reino de bocetos y trinos, hoy es un ecosistema acuático, con las sillas de acacia como supervivientes de un naufragio.

Y ahí estoy yo, mirando por la ventana con el café en la mano y pensando: bueno, al menos hoy no toca regar.








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